Publicaba el cinco el Diario de Rio Negro una noticia que podría parecer singular . Contaba esta noticia de como el amigo, periodista y escritor italiano Ugo Splendore (Hugo en el texto argentino) había realizado pesquisas en Cipolletti sobre el escritor Osvaldo Soriano, hijo adoptivo de la ciudad. Todo había iniciado, como tantas otras veces, por la pasión futbolera que comparten Splendore y Soriano y que le había movido a indagar sobre un relato del escritor argentino “El penal más largo del mundo”.
Aquí la cuestión se desdobla. Por un lado Splendore ha constatado, como reza la noticia, que Cipolletti ha sido ingrata con Soriano y lo ha olvidado. No solo la gente de calle, también las instituciones: la placa conmemorativa puesta en su casa ha desaparecido sin que a nadie le haya turbado lo más mínimo. Es una triste circunstancia humana esa de olvidar a los escritores, o sea a los hombres, para consagrarse a la memoria de sus obras. Y es que la humanidad estorba, es incómoda, fastidiosa y viva, mientras los relatos están siempre ahí y acuden cuando se les llama, como los perros obedientes que todos soñamos y ninguno tenemos. Soriano, como lo fue Cervantes en vida, como los escritores de los cuales dejaremos de acordarnos apenas dejarán de aparecer en los periódicos pero cuyas obras si recordaremos. Obviamente a condicion de haberlas leído, pero esa es otra historia.
La segunda parte de la cuestión. “El penal más largo del mundo” es una fabulación de un suceso real. Y de humano que es, la curiosidad no es patrimonio exclusivo de los gatos, Splendore se ha puesto a escarbar en la memoria de quien fue amigo de Soriano y quien vivió con él ese legendario penal. El resultado no es una disacración, sino un canto al ingenio, a la grandeza de fabulador, a la capacidad de transfigurar la realidad que los escritores tienen en sus ojos y en sus yemas de los dedos. Soriano es tan grande o más que antes. Y a Splendore, como lo cuenta desde las paginas de Il Manifesto (que recuerda así a quien fue articulista en esas páginas), deberemos una dimensión de la narración que la hará todavía más rica y es que esa labor de imaginación de lo humano sirve justamente a engrandecer la épica cotidiana y dotarla de los rasgos de grandeza que la hará eterna.
